El Hombre del Espejo

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Recuerdo que de pequeño, evitaba entrar en la alcoba de la abuela,
ya que había un enorme y viejo espejo al que yo temía mucho.

Cada año, como de costumbre, me quedaba en la casa de mi abuela materna a pasar mis vacaciones de invierno.

Ella era muy dulce, era la típica viejecita amorosa que sale en las películas, siempre dándome en el gusto en todo y por ésta razón, me encantaba pasarme esa semana junto a ella.

Pero una noche me ocurrió algo muy extraño, algo que me perturbó la mente por muchos años.

Era una oscura y tormentosa noche. Aún tengo en la memoria aquellos terribles destellos de los relámpagos que iluminaban por breves momentos toda la casa.

Los truenos eran tan fuertes que por un momento llegué a pensar de que esa sería nuestra última noche.

Así que en mente infantil, corrí hacia la habitación de la abuela para cobijarme en la seguridad de su lecho.

Fue casi mágico, no sé cómo describir aquella sensación de seguridad que sentí al estar abrazado junto a mi abuela. Prácticamente me dormí al instante.

Pero algo me despertó a medianoche, creí oír por momentos unos golpes, similar a los que se escuchan cuando alguien golpea una ventana.

Me sentía algo sediento, la abuela seguía durmiendo profundamente, así que preferí no molestarla e ir por mi cuenta por un vaso de agua.

Lentamente me baje de la cama y caminé en dirección a la puerta de la habitación.

Cuando me disponía a girar el pomo de la puerta, nuevamente escuche aquellos golpes, pero esta vez logré identificarlo de inmediato. Procedían desde el enorme espejo que estaba a mis espaldas.

Di media vuelta y me acerqué sigilosamente al espejo, pensando que podría ser algún animal asustado por la tormenta que buscó refugio en aquel colosal artilugio.

Asome la vista por los costados de este, pero no encontré nada extraño. Ningún rastro de algún animal. Nada.

Me voltee nuevamente frunciendo los labios y nuevamente volví a sentir aquellos golpes en aquella reliquia. Me acerqué rápidamente y me quedé parado frente a el espejo, observándolo con detenimiento por breves segundos.

La habitación se iluminó nuevamente y desde el otro lado del espejo se presentó la figura de un hombre que me observaba con un semblante algo atormentado. Sólo el sonido del trueno logró sacarme de mi desconcierto.

Recuerdo que sólo atiné a esconderme como una rata debajo de la cama, no podía quitar aquella imagen de mi cabeza hasta que muy entrada la noche, la abuela me sacó de ahí abajo y me acostó a su lado otra vez.

Desde aquella noche no quise volver a poner un pie en esa casa, sólo la idea de pensar en ese espejo, hacía que me tambalearan las rodillas del pánico.

Ayer fue el funeral de la abuela, fue muy hermoso. Toda la familia estaba reunida para darle el último adiós. Sólo la tormenta que se nos vino encima arruinó aquel discurso que estaba dando el tío Samuel recordando el carisma de su madre.

Nos subimos al auto lo más rápido que pudimos. Estábamos completamente empapados, ni la ropa interior se había salvado de aquella impetuosa lluvia.

En eso, sonó el teléfono de mi mamá y contestó la llamada. Era el tío Samuel, hermano de mi madre, quien nos convidaba a quedarnos en la casa a pasar la lluvia y aprovechar la instancia para cenar y rememorar aquellos momentos que compartimos con la abuela.

Mi madre que estaba al tanto de mi “problema”, me dijo de que ya era hora de que terminara con esa absurda historia del espejo y que la acompañara a la casa de la abuela.

Ahora que estoy adulto, sentí que ya era el momento de vencer ese miedo tan infantil que me perturbaba desde que era pequeño. Así que le dije que no había problema, que eso ya lo había superado.

Al llegar a la antigua casona tipo victoriana, mi mirada se fue rápidamente en dirección a la habitación de la abuela que daba justo al frente.

Por momentos, aquella imagen volvía a mi mente y nuevamente me sentía perturbado por aquel abrumador recuerdo. Trataba de no pensar en eso, pero la imagen volvía una y otra vez.

Largué una fingida risa y me dije a mi mismo, basta de pendejadas!

Con la idea de mantener la mente despejada, me ofrecí para ayudar en la preparación de la cena después de cambiar mis húmedas prendas.

De alguna manera me ayudó a no pensar en eso, pero todo cambió una vez que nos sentamos a la mesa. El tío estaba contando algunas anécdotas que había pasado con la abuela y a ratos se le notaba que le costaba expresarse con facilidad debido a la tristeza.

En ese momento se escuchó un fuerte trueno que daba aviso de que la tormenta no amainaba.

Las luces comenzaron a parpadear y finalmente se fue la luz.

El tío, sacó su encendedor y procedió al encendido de las velas. Mientras estaba en lo suyo, comenzó a decirnos en un tono burlesco

- Esto me recuerda a ese día en que mamá tuvo que sacar a Pablito como una rata escondida en el catre porque había visto al cuco en el espejo, - soltando una carcajada.

Todos rieron al unísono mientras yo sentía que mi cara ardía de cólera.

Me levanté de la mesa y con la luz de mi teléfono móvil alumbre mi camino en dirección a la habitación de la abuela. Ya era el momento de derribar a que infantil miedo a ese estúpido espejo.

Me situé delante de él y lo observé detalladamente por un momento, pero no encontraba nada extraño.

Lo inspeccione por todos lados, le di unos golpes para ver si tenía algún tipo de doble fondo, pero nada. Me sentía estúpido.

Me senté a los pies de la cama. Cogí mi teléfono móvil para revisar mis redes sociales, pero no tenía señal.

Los flashes de los relámpagos que se reflejaban en el espejo me hicieron levantar la mirada otra vez.

Tras un nuevo relámpago, logre ver claramente la imagen de un niño de espaldas que se veía a través del espejo.

Me acerqué rápidamente y comencé a golpear el espejo para que aquel niño se diera vuelta. Quería resolver aquel misterio a como diera lugar.

Tras un nuevo relámpago, quede frente a frente con aquel pequeño y poco faltó para que se me cayera la cara del desconcierto.

Aquella noche, por fin caí en cuenta de quién era aquel hombre que me observaba fijamente a través del espejo y que me había perturbado por tantos años.

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