La Antigua Casa Nueva: El Secreto en las Paredes
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La Antigua Casa Nueva: El Secreto en las Paredes

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Compramos la casa de nuestros sueños. Todo era perfecto, hasta que decidimos arrancar aquel repulsivo papel tapiz.

Hace un par de años, cuando aún era joven e ingenuo, mi novia y yo ahorramos cada centavo para poder comprar una antigua y espaciosa casa en las afueras, con miras a empezar nuestra vida juntos.

El lugar era increíblemente barato. Sabíamos que, dado sus años, necesitaría múltiples y pesados arreglos, pero estábamos llenos de la energía que solo te da el primer hogar.

Nuestro primer gran y ambicioso proyecto era modificar la tabiquería y retirar definitivamente aquel horrible y grotesco papel tapiz avejentado que cubría de suelo a techo absolutamente toda la casa victoriana.

Durante el exhaustivo primer día de trabajo, armados con espátulas y vaporizadores, me dediqué obsesivamente a remover el tapiz cuarteado de lo que iba a ser nuestra cocina. Me parecía inconcebible que el dueño anterior hubiera estado tan enfermo de la cabeza como para forrar cada maldita pared y techo del lugar con ese material tan lúgubre, de textura gomosa y tonalidad amarillenta.

Quitarlo completo iba a ser una labor bien tediosa, dolorosa para los brazos, pero a la vez generaba una extraña y adictiva satisfacción.

La mejor sensación de la tarde era encontrar un borde suelto, tirar fuerte y sentir cómo se rasgaba limpiamente un trozo largo. Hacía un sonido húmedo, asquerosamente similar a cuando logras arrancarte una enorme y gruesa costra de piel después de un accidente.

Estuve horas sumido en ese ritmo hipnótico, hasta que me detuve en seco. Algo andaba pésimo.

Limpiándome el sudor de la frente, noté una coincidencia macabramente extraña. Exactamente debajo de la última capa del papel tapiz, muy cerca de los zócalos de cada maldita esquina de la cocina, alguien había escrito con tinta indeleble negra una fecha específica… y el nombre completo de una persona.

Eran dieciocho esquinas. Dieciocho nombres distintos ocultos sistemáticamente tras la pared.

La curiosidad enfermiza y una creciente paranoia se apoderaron de mí esa noche. Encendí mi laptop, abrí el buscador y comencé a cruzar los nombres y las fechas que había anotado temblorosamente en mi libreta. Lo que descubrí me dejó sin aliento, sumiéndome en un terror absoluto.

Absolutamente todas las fechas y los dieciocho nombres correspondían, sin margen de error, a los registros oficiales de personas desaparecidas en nuestro estado a lo largo de los últimos quince años.

Desperté a mi novia con el corazón a mil por hora. Le mostré la pantalla iluminada y ambos coincidimos, mortificados, en que lo mejor era abandonar la casa en ese momento y llamar a la policía a primera hora.

A la mañana siguiente, no llegó una simple patrulla. La policía acordonó toda nuestra “casa nueva” y, tras echar un breve vistazo a los rincones, un enorme equipo especializado de criminología forense llegó para intervenir nuestras paredes y aislar totalmente el perímetro interior y exterior.

Nos mantuvieron horas esperando sentados en la acera de enfrente, tiritando de frío. En un momento, el detective a cargo salió a fumar un cigarrillo al pórtico, mientras los técnicos trabajaban adentro usando trajes blancos anti-contaminación.

Fue allí cuando, por culpa del viento a favor, escuché nítidamente a uno de los forenses apuntando con su bisturí y gritándole al oficial desde la sala:

Jefe, el test preliminar dio positivo. Sí… parece que todo esto es humano.

Sentí que el alma se me cayó a los pies e interrumpí frenéticamente al detective que descansaba.
—Disculpe, ¿humano? ¿Qué demonios es humano en nuestra pared? —le pregunté horrorizado, esperando lo peor de alguna fosa común.

El maduro oficial botó el cigarro, se ajustó los anteojos y me clavó una mirada llena de una mezcla indescifrable entre asombro y lástima genuina:

Señor… ¿dónde tiró exactamente el material que retiró ayer de las paredes? Porque déjeme decirle algo: lo que usted estuvo despegando toda la tarde con sus propias manos, definitivamente no era papel tapiz.

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