El Candado Maldito de Mejillones: Terror en la Escuela
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El Candado Maldito de Mejillones: Terror en la Escuela

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Robar un objeto del cementerio de Michilla parecía un juego de niños. Hasta que los pupitres empezaron a moverse solos en nuestra escuela durante la noche.

Una joven de Mejillones se contactó con nosotros buscando respuestas. Su escalofriante testimonio sobre lo que verdaderamente ocurrió en las aulas de su modesta escuela nos dejó helados.

«Todo comenzó una tarde calurosa —relata la muchacha—. Con un grupo de compañeros de curso decidimos saltarnos la barda y explorar el antiguo y derruido cementerio que descansa a las afueras de la localidad de Michilla.»

«Entre las tumbas polvorientas y las cruces enmohecidas, Diego, uno de los chicos más inquietos del grupo, encontró algo inusual. Era un candado negro, pesado y extrañamente frío, que colgaba abierto de la oxidada reja de un mausoleo abandonado. Sin pensarlo dos veces, lo robó y lo ocultó en el fondo de su mochila.»

«A la mañana siguiente, no tuvo tapujo alguno en llevar el pesado artefacto a la escuela. Lo exhibió frente a todos en el recreo como si fuera un grandioso hallazgo arqueológico, un tesoro maldito.»

«A simple vista, el candado no tenía absolutamente nada de especial para nosotros. Estaba corroído por la densa sal del mar nortino y cubierto de un asqueroso sarro negruzco. Esa tarde, al terminar la jornada de clases, Diego lo dejó enganchado a modo de broma en uno de los fríos hierros de su pupitre, al interior de nuestra sala.»

Y fue justamente esa noche cuando algo enojado y putrefacto se desató en la tranquilidad del colegio.

«Al día siguiente, la profesora jefa, quien vivía en la casa acondicionada que estaba contigua a la escuela, nos recibió en absoluto silencio. Se paró lentamente frente a la pizarra, portando unas profundas ojeras amoratadas y la voz temblando.»

«Nos confesó, casi al borde del llanto, que no había podido pegar un solo ojo en toda la noche. Nos habló de golpes rítmicos desquiciantes y del inconfundible sonido metálico de sillas y mesas arrastrándose brutalmente por el duro suelo de nuestra aula.»

«Y lo peor… juraba haber escuchado espeluznantes ecos, voces y risas de decenas de niños que retumbaban jugando en la oscuridad de la sala de clases.»

«Cada vez que ella se armaba de valor y salía temblando sola al patio para alumbrar con su linterna a través de la ventana, el ruido infernal cesaba de forma abrupta. El aula se veía desolada, sumida en un sepulcral silencio de tumba, sin un alma viva en su interior.»

El tormento nocturno del que era víctima la profesora no fue un evento aislado. La cacería auditiva se repitió sin tregua alguna durante casi una semana entera. La mujer ya estaba al borde de un quiebre psicótico irreversible.

«Llegó al extremo de negarse radicalmente a pisar el suelo de la escuela. Terminó rogando asilo durante la tarde en la casa de una colega, al otro lado del pueblo, solo para no tener que escuchar ni una vez más cómo aquellas entidades invisibles destrozaban la sala.»

«Una nublada mañana, simplemente no se presentó a darnos clases. Quedamos completamente solos y encerrados durante dos horas. Fue en ese momento de soledad donde el miedo y la paranoia colectiva que guardaba el curso saltó por los aires.»

«Todos sabíamos perfectamente en el fondo de nuestras mentes qué era lo que estaba ocurriendo. La culpa absoluta la tenía esa apestosa pieza de metal que seguía colgando como una garrapata negra en el banco de atrás.»

«Acusamos a Diego. Le suplicamos a los gritos que desenganchara esa cosa y la devolviera al cementerio de Michilla de inmediato. Pero él, en toda su testarudez e ignorancia adolescente, solo se reía en nuestras atemorizadas caras, tachándonos de locos y creyentes de supersticiones.»

«Allí la situación se volvió salvaje. Tuvimos que levantarnos todos y acorralarlo bruscamente hacia la pared del fondo. Lo amenazamos directamente con darle una paliza grupal muy violenta si no sacaba esa aberración de nuestra sala ese mismo día, sin excepciones.»

«Viendo que hablábamos completamente en serio, la sonrisa arrogante se le borró al instante. Aceptó a regañadientes y con miedo en los ojos. Rápidamente, varios compañeros fuimos a escoltarlo en escrupuloso silencio de vuelta hasta el cementerio. Nos íbamos a asegurar de que no tratara de engañarnos.»

«Observamos desde la lejanía cómo enganchó de vuelta aquel candado de sarro en la misma reja torcida de la cual lo profanó. Y apenas lo hizo, dimos la media vuelta y nos largamos trotando despavoridos por la carretera, prometiéndonos jamás volver a hablar del tema.»

Casi como un exilio instantáneo, desde aquella misma tarde la calmada normalidad regresó de forma total a la escuela de Mejillones.

A la extenuada profesora por fin la dejaron en paz. Nunca más la sacó de sus sueños el ruido infernal de hierro arrastrándose, ni mucho menos volvió a escuchar las burlonas risas de difuntos infantes rompiendo la gélida madrugada portuaria.

Existen misterios y pertenencias que quedan amarradas a energías ajenas a nuestro plano, actuando de maneras que el sentido común aún rechaza aceptar. Y cuéntame, querido lector que me acompañas hoy, ¿alguna vez te has llevado a casa un pequeño recuerdo “inofensivo” desenterrado de entre los muertos?

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