El Fantasma de la Casa de mi Novio: Una Sentada Inesperada
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El Fantasma de la Casa de mi Novio: Una Sentada Inesperada

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Siempre me sentí observada en su casa. Pero cuando la cama se hundió a mi lado por el peso de alguien invisible, el terror se hizo realidad.

Existen hogares que, desde el primer momento en que cruzas la puerta, te rechazan. Una suscriptora de nuestro portal nos compartió a través de WhatsApp una escalofriante experiencia que demuestra que, a veces, ignorar ese mal presentimiento puede llevarte de frente a lo desconocido.

«Ocurrió hace varios años atrás, cuando yo apenas tenía unos ingenuos 19 años —nos escribe la muchacha al comenzar su relato—. Por esos días estaba frecuentando la casa de mi pololo de aquel entonces.»

«Recuerdo perfectamente que siempre me sentí profundamente incómoda y observada cuando estaba de visita en su casa, pero nunca lograba entender lógicamente el por qué. Hasta esa tarde, yo nunca había sentido, ni visto, nada extraño o esotérico en toda mi vida.»

«Aquella pesada tarde de lluvia, le pedí de favor a mi novio que me prestara su computadora para hacer un trabajo. Así que me fui a encerrar sola a su habitación en el piso de arriba, mientras él se quedó abajo preparando algo en la cocina.»

«Él tenía la pesada torre de su computadora acomodada sobre un enorme y viejo escritorio de roble, pegado justo al lado de su cama de dos plazas. Para ahorrar espacio, no tenía silla; más bien, utilizaba el borde del colchón a modo de asiento principal.»

«Me senté tranquilamente en el borde izquierdo de la cama, me puse los audífonos bajito y me puse a teclear buscando información en internet. Estaba completamente concentrada en la brillante pantalla.»

Fue en ese preciso instante de calma cuando la normalidad de su vida se quebró para siempre.

«De un momento a otro, sentí un frío intenso, seguido del inconfundible sonido del crujido de los resortes. Alguien se acababa de sentar pesadamente en la misma cama, justo a mi lado izquierdo.»

«Me volteé al instante por instinto, lista para regañar a mi novio por asustarme… pero no había nadie. El silencio de la habitación era sepulcral.»

«Con el corazón latiéndome en los oídos, dirigí aterrorizada la vista hacia donde supuestamente debía estar sentada esa persona y me quedé sin aire. Vi clara y nítidamente cómo las pesadas mantas de la cama se encontraban marcadas y profundamente hundidas hacia abajo por culpa del peso, dibujando la silueta perfecta de alguien invisible descansando junto a mí.»

El pánico se adueñó de ella. La reacción humana ante un objeto inanimado tomando peso y forma por cuenta propia suele ser el colapso absoluto.

«Lo único que atiné a hacer fue dar un grito desgarrador, saltar del colchón como si quemara y me fui a acurrucar a llorar histéricamente al rincón más alejado de la habitación, esperando que alguien llegara a sacarme de ahí.»

«A los pocos segundos llegó corriendo mi pololo, pálido del susto. Me abrazó para tranquilizarme mientras yo temblaba de pies a cabeza. Como pude, entre sollozos y respiraciones cortas, le expliqué tartaleando lo que acaba de suceder a un metro de él. Y su reacción me desconcertó por completo: él solo atinó a contener su expresión, abrazarme más fuerte y suspirar con harta resignación.»

«Como vivíamos separados, solíamos turnarnos las casas para quedarnos los fines de semana. Evidentemente, esa aterradora noche me negué rotundamente a dormir allí, así que empacamos rápido y nos fuimos en el último autobús directo a mi casa.»

Fue en la seguridad de aquel viaje cuando él decidió finalmente sincerarse sobre su hogar.

«Cuando llegamos y me sirvió un té caliente para el susto, me dijo que tenía que confesarme algo importante con respecto a lo que había sucedido en su cuarto.»

«Me comentó, con una pasmosa tranquilidad, que desde que tiene memoria siempre han ocurrido cosas inexplicables y extrañas en las paredes de su casa de madera. Ruidos ensordecedores de canicas y bolitas cayendo del techo, sonidos de fuertes pasos en el pasillo del segundo piso cuando están solos abajo, y un sinfín de llaves y objetos pesados que se perdían y reaparecían regularmente en lugares absurdos.»

«Pero admitió que esta nueva hostilidad era distinta. Nunca, por lo que él recordaba, el “fantasma” había tenido la osadía de manifestarse haciendo algo físico tan cerca de una persona viva.»

«Yo casi me voy de espaldas al piso cuando me relataba todo ese historial como si estuviera contándome el resumen de una aburrida película de domingo. Lo había normalizado por completo.»

La anécdota cierra con un detalle cultural que denota cómo, a veces, el chileno prefiere reírse del miedo antes de que lo vuelva loco.

«Lo que más me descolocó, y que me obligó a soltar una nerviosa carcajada, fue la peculiar forma en cómo mi novio lidió toda la vida con aquella presencia intrusa que casi me mata de un infarto. Él, de lo más natural y con una media sonrisa relajada, le llamaba cariñosamente “El Fantasma Culiao”».

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