La Extraña Foto en el Celular: Un Rostro Inesperado
Le presté mi celular nuevo a mi hijo para que jugara antes de dormir. Al revisar la galería, encontré el rostro pútrido de una anciana sonriendo sobre él.
A veces el mal está más cerca de lo que creemos, agazapado en los rincones más cotidianos e inofensivos de nuestro hogar.
Hace apenas unos meses, una lectora (a quien llamaremos Claudia por su propia seguridad) se contactó con nosotros desesperada. Lo que nos mostró nos dejó la sangre helada. Todo comenzó de forma muy banal, el mismo día que ella había comprado un teléfono celular nuevo.
Después de un extenuante y larguísimo día de trabajo en la botica del pueblo, Claudia llegó a su casa al ocaso.
Lanzó sus llaves y colocó el brillante teléfono recién desempaquetado sobre el mostrador de fórmica de su cocina, y fue a desparramarse al sofá para mirar televisión. A los pocos minutos, su pequeño hijo de siete años se le acercó entusiasmado y le rogó si podía jugar un rato con el aparato nuevo.
Ella accedió, pero con una condición estricta: le prohibió terminantemente llamar a nadie ni enviar textos accidentales a sus contactos. El niño asintió efusivamente y se marchó con el teléfono hacia el pasillo.
Alrededor de las 11:20 de esa misma noche, sintiéndose pesada y somnolienta, Claudia decidió que ya era hora de apagar el televisor e irse a la cama.
Se levantó arrastrando los pies y fue primero a la habitación de su hijo para arroparlo. Encendió la tenue luz del velador y notó con extrañeza que la pequeña cama infantil estaba completamente vacía y fría.
Preocupada, fue rápidamente hacia su propia habitación matrimonial. Suspiró aliviada. Encontró a su hijo ovillado, durmiendo pacíficamente en medio de las enormes almohadas de su cama, todavía apretando el resplandeciente teléfono en su manita izquierda.
Con cuidado de no despertarlo, le besó la frente cubierta de sudor frío y lo cargó un par de metros de regreso a su propio cuarto.
Antes de irse a dormir y apagar las luces, Claudia se recostó en la sala y procedió a inspeccionar el celular. Quería asegurarse de que el pequeño no hubiera desobedecido realizando alguna factura altísima por llamadas accidentales o bajando juegos pagos.
Al revisar minuciosamente la configuración, solo notó cambios menores causados por el aburrimiento infantil: el fondo de pantalla había sido puesto boca abajo y había un mar de notificaciones de juegos gratuitos instalados.
Sin embargo… al abrir la galería de fotos, el ambiente en la casa pareció descender drásticamente de temperatura.
Claudia comenzó a deslizar su dedo, borrando mecánicamente un sinfín de imágenes borrosas y accidentales que el niño había tomado al techo, al suelo y a sus propios zapatos.
Siguió borrando fotografías inútiles hasta que se topó con la última foto del carrete. Solo quedó esa maldita imagen aislada.
Cuando la vio por primera vez de reojo, Claudia sintió una fuerte punzada de incredulidad. Frotó sus cansados ojos, pensando que el brillo de la pantalla le estaba jugando una cruel pasada.
Pero tras hacer zoom y analizar la silueta con el corazón galopando en su pecho… se le cayó la cara del susto, soltando el celular al suelo como si quemara.
En la tétrica fotografía no solo aparecía su hijo durmiendo plácidamente en la cama de ella. La perturbadora imagen había sido tomada desde arriba, por alguien —o algo— inclinado directamente y cara a cara sobre él en la oscuridad de la alcoba.
El flash traicionero había capturado de lleno, asomándose desde las mortíferas penumbras del techo, la mitad izquierda del rostro putrefacto de una anciana, de piel ceniza y cuencas vacías que sonreía de forma macabra hacia la cámara.
El terror de la tecnología es que es imparcial. Un lente no miente ni sufre de parálisis del sueño. Te pregunto, ¿estás seguro de que esta noche, mientras miras tu pantalla a oscuras, solo estás tú en la habitación?