En los acantilados de Cucao, hay un muelle que no lleva a ninguna parte... en este mundo. Es la estación de espera para el inframundo chilote.
En Cucao, donde el Pacífico golpea con furia los acantilados de Chiloé, existe una estructura de madera que se eleva hacia el vacío. Los turistas se sacan selfies allí, pero los lugareños saben que ese lugar (Punta Pirulil) es sagrado y peligroso.
Es el Muelle de las Almas.
La Espera del Tempilcahue
Según la mitología chilota, cuando alguien muere, su espíritu debe viajar a estos acantilados. Aquí deben esperar al Tempilcahue, un barquero sobrenatural (similar al Caronte griego) encargado de cruzar las almas hacia el “Más Allá”.
Pero el Tempilcahue no es benévolo. Cobra un precio. En la antigüedad, se colocaban piedras de llanca (mineral verde) en la boca o manos de los difuntos para pagar el pasaje. Las almas que no pueden pagar, o aquellas que murieron con asuntos pendientes, se quedan en el muelle eternamente. Llorando.
Los Lamentos de Pirulil
En los días de neblina espesa, se dice que se pueden escuchar los gritos de las ánimas en pena, rogando al barquero que vuelva por ellas. Es un sonido que hiela la sangre, mezclado con el viento y el rugido del mar.
Advertencia Local: Si escuchas los lamentos, nunca preguntes “¿quién llora ahí?” ni llames a las ánimas. Si lo haces, al año siguiente estarás tú mismo en el muelle, esperando al Tempilcahue.
El Homenaje Artístico
El muelle físico que existe hoy es una obra de arte instalada en 2005 por el arquitecto Marcelo Orellana. Fue construida para honrar esta tradición oral que se estaba perdiendo. Sin embargo, la leyenda es mucho más antigua que la madera.
Datos Históricos y Referencias
- Ubicación: Comuna de Chonchi, sector Cucao-Rahue.
- Acceso: Trekking de dificultad media por senderos de barro y bosque nativo.
- Curiosidad: A pesar de ser una instalación “moderna” (2005), se ha integrado completamente en el folclore local como si siempre hubiera estado allí.
Si vas, disfruta la vista, pero no te quedes hasta que caiga el sol. El último barco no es para vivos.